¿Hacia dónde van las ciencias sociales? (2)

René Martínez Pineda* (Coordinador General del M-PROUES)

En el caso de las ciencias sociales, el plan reformista, superficialista (o, peor aún, instrumentalista) de algunos académicos que adoran, solapados, la lógica capitalista, se funda en la estrategia de postular un cambio inocuo en la sociedad y fomentar en ellas –haciendo del lenguaje el fetiche moderno- un bagaje conceptual “light” (globalización, capital social, acreditación) por acción de lo cual se resuelvan –en el largo tiempo y con el menor trauma posible en la plusvalía- los males específicos del sistema, pero sin cambiarlo, actuando como los que denomino “espacios de presión teórica” y, así, sólo maquillar la ideología imperante sin llegar a diseñar la bandera de la nueva sociedad y, menos aún, al sujeto nuevo.

Esa estrategia es factible sólo con una teoría social ficticia (sociología administrativa que nace del quehacer de algunas organizaciones que, por viveza financiera, se trocaron en administradoras de la pobreza, fomentando un pensamiento técnico-instrumental basado en los modelos de gestión privada, en sintonía con el rito proyectista del Banco Mundial) dado que las soluciones postuladas, “reformas”, “imparcialidad”, “nueva guardia”, han mostrado ser históricamente reaccionarias. Se ve que el objetivo del reformismo teórico (similar, por sus efectos, al del anarquismo) no es el que reivindica para sí: la real solución de los defectos específicos del capitalismo (corrupción, desempleo, cultura política de súbdito), pues, a lo sumo, los traslada a otras manos y, siendo así, se convierte en su cómplice y los vuelve una paradoja, ya que mientras esos males son perversamente minimizados por el régimen, el reformismo los enarbola como males vitales que se deben resolver sin cambiar nada.

Hay que reconocer que, en lo teórico-político, los términos “gradual” y “radical” tienen significados que remontan al tiempo, ya que lo gradual puede significar un “no cambio”, y lo radical no implica “a la carrera”. Si eso se obvia, los males capitalistas no pueden resolverse estructuralmente, pues, ello implica analizar al sistema como una totalidad, porque es en ella –por ella y para ella- que se reproducen.

La negativa reformista a abordar las contradicciones del sistema -en nombre de una presunta legitimidad gerencial- para lidiar sólo con los males particulares posmodernos es, en verdad, un rechazo a la narrativa revolucionaria, ya sea en nombre de las pequeñeces idealizadas (o poner, como se hace en la Escuela de ciencias sociales, lo administrativo sobre lo académico), o en el de una anarquía que legitima egocentrismos.

Lo anterior es un modo peculiar de rechazar un sistema alternativo, y un modo burdo de eternizar la teoría acrítica. El objeto de la retórica reformista es, de forma mistificadora, mantener “el río revuelto”, porque éste es menos peligroso que el “río nuevo”, por eso ataca lo que, verdaderamente, defiende. El mejor ejemplo es el golpe de Estado en Honduras que, tenebrosamente, nos recuerda el “gorilismo” genocida de las fuerzas armadas del siglo XX, debido a que la comunidad sociológica hondureña lo ha avalado, secretamente, al atacar los cambios propuestos por Zelaya, tal como aquí se atacó –en el boletín “análisis sociológico”- la consulta hecha por Hugo Chávez.

Las preguntas a responder por las ciencias sociales son: ¿Por qué en Centro América es alta traición pensar en la reelección presidencial y en Estados Unidos no lo es? ¿Por qué una consulta popular es razón suficiente para dar un golpe de Estado, pero la corrupción y las privatizaciones no lo son?

El reformismo que se avala en las ciencias sociales, pretende desviar la atención de las determinaciones sistémicas hacia debates aleatorios y banales sobre efectos específicos (que no tienen prioridad, aunque con ellos hagamos un organigrama) mientras su base causal queda tan raptada como ininteligible. Todo yace oculto por la esencia del discurso reformista-anarquista, olvidando que el imperativo es la cualificación de la teoría y la conciencia, pues, es con ellas que los pueblos defienden, en calles y montañas, el cambio.

El papel de las ciencias sociales debe ser autónomo, privilegiado, tanto para la redacción de estrategias para cambiar las condiciones de vida, como para la autotransformación de los sujetos llamados a concretar un orden social distinto. Por ello, en la lógica marxista, la “efectiva trascendencia de la autoalienación del trabajo” se entiende como una tarea inevitablemente educativa.

El avance hacia un abordaje cualitativamente distinto de las ciencias sociales debe comenzar ahora, y con nuevos líderes estudiantiles y docentes que no hagan del gremio y las jefaturas una forma de vida, sino una forma de lucha y progreso teórico-político. No existe una solución efectiva para la autoalienación sin que se promueva la conjunta universalización del trabajo y la educación, por eso la demanda de ingreso masivo en la universidad es, al final, un acto alienante.

El capital necesita fetiches alienantes para imponérselos a los individuos (incluidos sus detractores y aquellos que, por formación, deberían combatirlo: ¿cuántos humanistas son de derecha, negando lo que dicen sus textos y lo que ven en sus prácticas profesionales?) ya que sin ellos no puede sobrevivir.

Esos fetiches se interponen entre los individuos, así como entre éstos y sus anhelos, poniendo al mundo “patas arriba” a fin de subordinarlo. Ningún objetivo emancipador es concebible sin la intervención de las ciencias sociales, entendidas en su orientación y compromisos concretos. Así, no puede haber libertad, ni justicia, si las ciencias sociales no asumen el protagonismo desde una perspectiva desenajenante. Vivimos en un sistema en el que las necesidades básicas no son satisfechas para la gran mayoría, mientras que el desperdicio (que va desde la comida, hasta las plazas fantasma y los maestros reaccionarios pagados con dinero del pueblo) es escandaloso, en sintonía con la deificada “destrucción productiva” del capital. La obscena desigualdad es ilustrada en lo siguiente: “el 1% más rico del mundo, obtiene tantos ingresos como el 60% más pobre con ingresos”. La transformación es inconcebible sin la contribución honesta de las ciencias sociales, y eso demanda –dice Marx- “que los corazones y mentes viles sean aisladas”. El éxito estratégico de las ciencias sociales es impensable, entonces, sin la construcción de una verdadera Escuela de ciencias sociales, y eso exige un liderazgo intelectual que no se tiene, aunque algunos sociólogos se crean candidatos al premio Nóbel. La emancipación necesita de las ciencias sociales –eso es incuestionable- y éstas lograrán poder de afectación (en la vida y las políticas públicas) sólo si vuelven a la cotidianidad. El primer compromiso de las ciencias sociales está en hacer, de inmediato, una genealogía de cómo se ha incrustado en ellas el proyecto enajenante de los organismos financieros internacionales.

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