La noche de los cuchillos largos

Oscar A. Fernández O.

La democracia en nuestro hemisferio es aun vulnerable y se le puede dañar. En nuestros países no es nada nuevo si recordamos que la finalidad de un golpe de Estado brutal dirigido por las burguesías fascistas terroristas, es desestabilizar el Estado de Derecho y violar la Constitución, desde su primero hasta su último artículo. Después entonces, apelar a un orden de facto en nombre de la democracia, claro está que la de ellos.

En Honduras una confabulación oscura y sibilante entre altos mandos espurios y poderes de facto han ejecutado un artero zarpazo a la democracia que viene siendo construida por las luchas populares desde que se fundó la república, proceso que no está exento de sangre, secuestro y tortura, a través de su historia, situación que en El Salvador también hemos vivido en carne propia.

Se dice que dos connotados fascistas y conspiradores de la CIA, ex funcionarios de la recién pasada Administración Bush, fueron los que conjuntamente con un grupo de oligarcas cavernarios de Honduras fraguaron esta traición al pueblo hondureño, en abierto reto a la nueva política internacional hacia América Latina del actual presidente Obama.

Estos grupos, quienes aún sueñan con volver al pasado de las dictaduras militares que gobernaban para ellos, pretenden desestabilizar el proceso democrático en que se estaba encausando el gobierno del Presidente Manuel Zelaya y en su delirio creen que están dando un ejemplo para que en otros países del hemisferio se haga lo mismo con los estimados gobiernos demócratas, que han alcanzado el poder por delegación popular y se encuentran en proceso de crear una democracia participativa directa y legítima.

Desestabilizar la democracia es ponernos en un estado de agitación nacional y seamos incapaces de reaccionar con calma. Sin embargo, el terrorismo de las derechas no conseguirá arrebatarnos nuestra histórica bandera de lucha y serán derrotados por los pueblos apelando a su historia combativa y al derecho a la insurrección que le da la Carta Magna.

No es el momento de preguntarse por las finalidades de la democracia participativa; la decisión popular de construirse en América Latina es un hecho indubitado. ¿A que le teme con tanto espanto la burguesía más rancia en nuestros países? Sin duda, a perder el poder y ser sometidos, como cualquier ciudadano a las leyes y control de un Estado democrático de derecho. Frente a esta tiranía se necesita ser demócrata a ultranza, proponiendo estrategias de gobierno que para efecto de sus decisiones trascendentales, deban consultar, por cualquier medio, a su pueblo.

No se trata de una simple consulta por llenar un requisito formal, sino se trata de la demostración de que  partiendo de nuestra historia, que como ya dije está plagada de la sangre de demócratas y soberanistas, es posible otra América Latina, sin que nadie nos dirija ni mucho menos que nos ordenen que debamos hacer. Se trata de que los Gobiernos (y los poderes de facto por supuesto) respondan a los mandamientos de una verdadera preferencia ciudadana.

Una América Latina que interese a los pueblos, una América Latina que construyamos como cosa nuestra. Una América Latina en la que los pueblos tengan algo que decir en todo momento y no solo por puro formalismo. Sin embargo, contrario censu asistimos hoy a un acto brutal y cavernario que pretende reprimir este derecho inalienable que los hondureños quieren reivindicar.

Insuflar el viento de la democracia en un dispositivo latinoamericano, es construir un espacio público que debe llevarse hasta donde se toman las decisiones, apoyándose en las instituciones del Estado que ha de ser re-direccionado hacia el pueblo, tal y como pretendía el presidente Zelaya, lo que para la burguesía es “pecado mortal”.

Hoy cuando iniciamos el momento de construir la democracia en Centro y Sur América, después de más de cincuenta años de oscuras, corruptas y criminales dictaduras militares al servicio de los ricos, este condenado golpe de estado pretende hacer un retroceso, tomando la iniciativa para luego extenderse por los demás países. Es una especie de ensayo de la CIA, cuya irresponsabilidad llega a límites insospechados: los muertos y heridos del pueblo han comenzado a aparecer.

La paradoja de esta tragicomedia, es que ante la radicalidad de una burguesía irracional y estúpida, se tendrá como respuesta la radicalización de las fuerzas progresistas, dando paso a un proceso más acelerado y expedito hacia formas superiores de revolución democrática.

La evidencia empírica nos muestra que si en la acción pública del tiempo venidero somos capaces de reducir los efectos de las desigualdades generadas por la homogenización de un modelo económico impuesto y dirigido por las burguesías transnacionales en complicidad con las burguesías locales, tendremos mayores probabilidades de lograr una consolidación de los regímenes democráticos que con tanto sacrificio los pueblos estamos construyendo en Centro y Sur América, desterrando para siempre los golpes de estado y la brutalidad consustancial con que se han formado nuestros ejércitos.

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